Cuenta la leyenda que, cuando los astronautas de Estados Unidos volaron al espacio, descubrieron que no podían anotar las lecturas de los instrumentos en sus planillas porque la tinta de sus bolígrafos no fluía adecuadamente en ausencia de gravedad. Cuando volvieron a la Tierra comentaron el incidente a los técnicos de la NASA, quienes inmediatamente se pusieron a trabajar en la solución.
Después de varios meses de investigaciones y unos cuantos cientos de millones de dólares invertidos, los técnicos consiguieron diseñar un sofisticado bolígrafo capaz de escribir en gravedad cero.
Años más tarde, cuando finalizó la Guerra Fría, los astronautas americanos y los cosmonautas rusos se encontraron en una estación espacial. Los estadounidenses hicieron entonces un descubrimiento que los sorprendió: desde el primer vuelo de Yuri Gagarin, los rusos habían estado escribiendo todo el tiempo con lápiz.
Esta bonita anécdota, más allá de si es verdadera o falsa, deja algunas moralejas. La primera de ellas, y la que más interesa a los grandes empresarios y a los lectores del Marca, es que con el suficiente dinero se puede conseguir cualquier cosa. La segunda (y más interesante), es que la mitad de la solución depende de cómo se plantee el problema.
De este modo, ¿cuál era el verdadero inconveniente de los astronautas? ¿Que no podían escribir con un bolígrafo en el espacio? ¿O, simplemente, que no podían escribir en el espacio? Los estadounidenses de esta historia respondieron a la primera pregunta; los rusos, a la segunda.